La perfecta melodía de la vida

La luz de la luna, del sol y de las estrellas fulguran con vivo resplandor rayando una hermosa y ascendiente melodía acompasada de un espectacular arte de fascinantes formaciones, luces y resplandecientes colores. El mundo es incomprensiblemente bello – una perspectiva mágica de interminables maravillas.
La belleza de la naturaleza reside tanto en pequeños como grandes detalles. En todas las formaciones de la naturaleza hay algo de lo maravilloso. Realmente vivimos en un mundo extraordinario y misterioso, pero a la vez primoroso y anímico.

Desde nuestro temprano nacer nos afiliamos a una melodía existencial definida por varios factores como la cultura, religión, geografía o filosofía. Una vez ajustados a un tono cósmico subjetivo, vivimos el ahora trabajando el futuro como si nuestra estancia en este mundo fuese eterna. Nos convertimos en pequeñas pero sustanciales piezas de una gran obra de arte llamada la vida.

En este rápido recorrido por la vida muy pocos se paran a pensar más profundamente acerca de lo que está pasando en nuestro entorno. Parece que nadie le da la menor importancia a todo este ingenio tan inaudito en donde hemos nacido y en donde todo parece funcionar siguiendo una perfecta melodía llena de complejas creaciones. Nos olvidamos de la existencia de las increíbles y bellas formaciones de luz, como las indescriptibles mezclas artísticas de colores de un ilusorio cielo en una despejada y clara atardecer. Pocos se paran a contemplar el hermoso umbral de la noche, ese inconcebible final del día, un mágico sentimiento de una unión y separación de la alegría y tristeza, de la luz y la oscuridad. Un poético y seductor escenario para los que se atreven a aventurar la vista.

Mayormente, nuestros días se componen de todo tipo de actividades prácticas y físicas. Mientras que en nuestro mundo la mayoría viven perseverantes vidas llenas de pobreza, pena y dolor, los más afortunados pasan el tiempo en largas y fatigosas jornadas de trabajo en donde solo queda margen para unos breves momentos sometidos a unas permanentes y estresantes rutinas.
Para la mayoría de la gente, el muy poco tiempo libre que les queda lo prefieren disfrutar en centros comerciales comprando ropa o comida, en entornos familiares o en fiestas de alcohol y drogas para olvidarse de sus tristes y rutinarias experiencias de la vida.
Solo un inapreciable porcentaje de nuestra población se permite el lujo de vivir una existencia con propósito, o que la misma tenga significado. Los demás no parecen ser más que impotentes esclavos de una sociedad asiduamente pancista.

Nuestras sociedades han llegado hoy a tal extremo que ya somos incapaces de pararnos a pensar en nuestro alrededor, o de percibir lo mágico de este mundo en el que vivimos. Ya todo nos da igual, fruto de una incomprensible y demente práctica… Ya hace tiempo que hemos dejado de mirar al cielo, de contemplar esas fantásticas estrellas fugaces de una brillante y albúmina noche. Cambiamos el firmamento por una pantalla de un dispositivo. Parece que estamos cada vez más comprometidos con una infausta evolución que aunque la desconocemos la cultivamos; estamos cada vez más perdidos, como si una parte del sentimiento de nuestra humanidad suavemente se marchase. La parte que sentía el sufrimiento de la esencia, o la que tenía curiosidad por la naturaleza, la espiritualidad y la vida, y no por nimiedad, ni por prácticas culturales o religiosas específicas que parecen cada vez más un objeto de consumo, rencor y radicalismo ¿Nos hemos sumergido en una nueva era fruto de la evolución del ser humano?

Vivimos en un mundo en donde nada parece tener sentido. Amamos por conveniencia, con los ojos abiertos, pero con el corazón bien cerrado. El odio y la crueldad son cada vez más concurrentes en nuestras ciudades, casas, amistades y hasta en nuestro entorno familiar.

Hemos perdido poco a poco el sentido de los sueños. Es bastante común escuchar que vivimos en una sociedad nihilista, en donde la gente ya no cree en nada, que vivimos en la negación de todo principio, autoridad o dogma filosófico o religioso.

Y no es de extrañar. Vivimos en un mundo en donde destaca la maldad, la corrupción y la desigualdad en la asignación original de oportunidades y de ahí en la distribución de la riqueza y oportunidades. Más allá del mérito o la dedicación, un mero factor –la suerte- nos sitúa a unos en zonas geográficas prósperas, en el seno de un grupo o familia acomodada y a otros en áreas de desolación, crueldad, enfermedad y desamparo, sin recursos presentes, libertades, derechos sociales o ayudas humanitarias, Para la mayoría de nuestras sociedades escapar de la trampa de la pobreza resulta utópico si no imposible. Las desigualdades destacan, como tumores indubitables, en la polémica radiografía de nuestro planeta azul.

Comprometidos con la vida física somos cada vez más vulnerables, cada vez más pobres de espíritu. Lo físico es el único aire que nuestros pulmones llegan hoy a respirar, dejando así en el baúl de los olvidos, todo aquello que nuestras antiguas civilizaciones llevaban construyendo durante miles de años.

Nuestra evolución nos ha llevado a seguir un desalmado sistema fundado en el capital como relación social básica de producción. Todo nuestro bienestar va ajustado a nuestro sistema económico. Nos obligamos a estudiar carreras que no queremos, solo por necesidad, ignorando lo que en realidad nos apasiona. Dejamos que los demás decidan por nosotros en nuestras propias vidas. Cambiamos nuestros deseos y ilusiones, por aquellas costumbres que, aunque podamos, no queremos cambiar, debido al miedo, al temor de lo desconocido. Abandonamos metas por no sentirnos suficientes, por tratar de ser iguales a otros, por no querer hacer un camino que nos sea propio.

Permitimos que la economía controle nuestras sociedades, que gente desconocida, incompetente y sin capacidad ni competencia humanitaria moldee nuestra forma de pensar, actuar y vivir. Aceptamos que la basura se convierta en el nuevo arte, y el arte se convierta en la nueva basura.

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